Taller de cuento | Adefesio, por Joaquín Antonio Rodríguez Rojas

[Texto resultado del Taller de Cuento: julio 2021]

Solo hay algo peor que los cólicos premenstruales: quedarse sola trabajando casi hasta medianoche en la oficina y que un pinche apagón arruine el reporte urgente que llevas horas elaborando. Me siento como un animal que ha caído en un pozo profundo. La oscuridad siempre me provoca ataques de ansiedad que trituran mis nervios. De niña me comía las uñas para tratar de contrarrestar los embates. En mi adolescencia cambié la onicofagia por el cigarro. Estiro la mano para buscar mi bolso, segura de traer el encendedor que usaba cuando solía fumar. Lo encuentro enterrado bajo un pequeño montón de pañuelos faciales arrugados. La pequeña llama producida cuando lo prendo me indica que ya está en las últimas. ¿Cuánto llevo sin probar un cigarrillo? Serán un par de años quizá. Aprovecho la tenue luz azulada para ubicar mis pertenencias y juntarlas. ¡Me largo de aquí! En casa puedo terminar el trabajo. ¡Carajo, con lo que me encanta llevarme pendientes!

Salgo al pasillo que está alumbrado solo por un par de focos amarillentos y sucios conectados a una caja cuadrada empotrada en el techo. Pareciera que estoy en el corredor de la muerte de una prisión y que al final está el cuarto con la silla eléctrica o la cámara de gas. Siento un escalofrío punzante en la nuca cuando empiezo a recorrerlo. Me acerco al elevador que, por supuesto, no funciona. Los milagros son algo escaso en esta época. El piquete en mi nuca se hace más intenso cuando caigo en cuenta de que debo bajar siete pisos por las escaleras de emergencia. Empujo una pesada puerta de metal para encontrarme con un pozo semioscuro y maloliente con incontables peldaños metálicos acomodados en espiral. Algunas de las pocas lámparas encendidas parpadean provocando un efecto de estrobo: todo a mi alrededor parece estar en movimiento. Sombras tétricas danzan en el aire.

Inicio el descenso con cautela. De pronto, al bajar un escalón, el tacón de la zapatilla resbala, mi tobillo se dobla y pierdo el equilibrio. Por instinto logro rápidamente asirme del barandal y evito caerme. Me duele mucho el pie, empiezo a sentir como se inflama. Decido quitarme las zapatillas y continuar descalza hasta llegar a la maldita planta baja. Busco al guardia, pero no lo veo por ningún lado. Supongo que bajó al sótano a revisar los fusibles. No me importa, lo que quiero es irme de aquí.

La calle está desierta. Llovizna y hace un viento helado. Me imagino lo ridícula que debo verme descalza, con las medias rotas y las zapatillas sujetas en la mano izquierda. No hay una sola luminaria encendida. Al parecer el apagón es general en toda esta zona. Camino hacia la esquina del parque donde está la improvisada caseta metálica forrada con carteles de propaganda política. No hay nadie. ¡Maldita sea! La pinche gorda que despacha aquí de seguro se espantó al ver todo oscuro y se fue a su casa. ¿Qué putas voy a hacer ahora? Empiezo a llorar de coraje y frustración.

Entre sollozos alcanzo a escuchar la bocina de un auto. Cuando levanto la cara veo que es un taxi. Es un sedán más viejo y jodido que Keith Richards. Sin meditarlo, abatida física y mentalmente, levanto el brazo para indicarle que se acerque. Cuando llega a mi lado, el taxista se inclina para bajar la ventanilla. El tipo, un sujeto canoso que trae lentes con una montura de pasta bastante anticuada, me pregunta.

—¿Para dónde va, señorita?

—Voy a Calzada del Hueso, antes de llegar a Canal de Miramontes.

—¡Uta! Eso está bien lejos, señorita, y ya es tarde. No lo sé.

—¡No la chingue, señor! Entonces para qué se detiene. Si viviera cerca me voy caminando —el hombre hace una mueca de enojo. Siento que está a punto de negarme el servicio.

—¡Nomás que le cobro sin taxímetro, eh!

Antes de abordar el vehículo noto algo extraño: en el asiento del copiloto, envuelto en un sarape, hay un bulto del tamaño de un niño pequeño. El hombre nota mi turbación y trata de excusarse:

—No se fije, señorita, es m’ija. Mi esposa trabaja de noche en una maquila y pues no tengo con quien dejarla. Prefiero que ella venga conmigo. Pero ya está dormidita, no va a dar lata.

Sorprendida por lo patético de la explicación, le contesto:

—Mire que solo porque no tengo otra opción me voy con usted. —Abro la puerta trasera y subo al auto—. ¡Arranque ya, carajo! —El viejo me observa por el retrovisor e inicia el recorrido.

Empieza a llover con más fuerza cuando tomamos Río Churubusco. La humedad me produce calambres en los pies. Me agacho para frotarlos y tratar de que entren en calor.

—¿Le pasó algo, señorita? Si no es indiscreción, ¿por qué anda descalza? —. Estoy a nada de decirle una grosería, pero me contengo.

—Me torcí un tobillo al bajar por una escalera —contesto cortante.

—¿Se lastimó mucho?, yo le recomiendo que cuando llegue a su casa se sobe con pomada de árnica.

—¿Pomada de árnica? No joda.

—Bueno, yo nomás decía. Esos son los remedios de las abuelitas y en verdad que sí son bien efectivos —replica. Veo sus ojos escrutándome desde el retrovisor. Decido permanecer callada y clavo la mirada en el camino. La ciudad es una horrenda masa de agua y lodo.

Después de más de una hora de viaje, estamos a unos minutos de llegar a mi destino. En un momento dado sorprendo al muy cerdo observándome otra vez a través del retrovisor. Molesta le reclamo:

—¿Qué tanto me ve, señor? —El taxista desvía la visión, suelta una risita perversa y empieza a acelerar el auto.

Una fuerte punzada atraviesa mi nuca nuevamente. Tengo un mal presentimiento. De pronto frena abruptamente en un semáforo. Mi cuerpo se dobla hacia adelante haciendo crujir mi espalda.

—¡¿Que le pasa, viejo idiota?! ¿No sabe manejar? ¡Ni por que trae a su hija tiene cuidado, infeliz!

—¡A ver si ya te callas, pendeja! —me reta una voz rasposa y agresiva.

Una figura infantil cruza ágilmente por el espacio entre los asientos frontales colocándose a mi lado. Las luces del exterior me devuelven la figura de una mujer deforme, con enanismo que lleva la cabeza rapada y llena de tatuajes. En la mano derecha blande una gruesa navaja oxidada. Aquel engendro empieza a amenazarme.

—¡Ándale, hija de tu pinche madre, saca todo lo que traigas: celular, dinero, cadenas y anillos! ¡Rapidito, perra, o te encajo la punta! —La filosa hoja de su arma pasa varias veces a milímetros de mi rostro. El taxi avanza hacia una calle aledaña donde el vejete detiene el avance.

—¡Ahí te la dejo, hijita! ¡Atiéndeme bien a la señorita por favor! —exclama carcajeándose cuando se baja del auto para vigilar.

—¡Ya, tranquila, llévate lo que quieras, pero no me lastimes! —alcanzo a balbucear. Ella me arrebata el bolso con fuerza y, como perro hambriento, hurga en él moviendo de manera frenética sus minúsculas manos. Sus ojos van de un lado a otro buscando algo de valor.

—¡Traes pura mierda pinche puta! —me reclama al tiempo que empieza abofetearme con desesperación. Encojo el cuerpo tratando de cubrirme, pero los golpes aciertan una y otra vez.

En mi mente solo hay un pensamiento: sobrevivir, como sea, pero sobrevivir. Bajo un brazo y deslizo poco a poco mi mano para alcanzar las zapatillas. Tomo una de ellas con firmeza mientras que con la otra mano logro aventar a la enana. Aprovecho que momentáneamente ella se desorienta y me arrojo con decisión sobre ella. Uso el afilado tacón de la zapatilla para golpearle salvajemente el rostro. De su frente empieza a brotar sangre.

—¡Aaargh! ¡Pinche vieja, te voy a matar! —grita enloquecida cuando logro acertar en uno de sus ojos y reventarlo.

Su cuerpo atormentado se dobla de dolor. Estoy sofocada por el esfuerzo, siento que mi corazón está a punto de reventar. Suelto la zapatilla y me doy vuelta para alcanzar la manija de la puerta, la jalo con fuerza logrando que esta se abra. Tomo impulso y salgo de ahí. Aunque voy cojeando logro alejarme rápido. Veo hacia la avenida y me percato de que una patrulla pasa cerca de donde estoy. Grito desesperada para llamar su atención, pero esta se aleja. Detrás de mí escucho el sonido chirriante de las llantas del taxi huyendo a toda velocidad. El maricón del chofer debió haber visto también a la policía y decidió escapar. Siento unas náuseas terribles. El asco arquea mi estómago. Estoy jadeando, empapada de sudor y paralizada.

—Tengo que irme a casa, sé que estoy cerca– —me digo en voz alta.

Empiezo a andar lentamente hacia la avenida. Mi cuerpo adolorido tiembla aún de miedo. Jamás en toda mi vida me había sentido tan vulnerable.

Llego por fin a mi edificio. Abro el portón de cristal y entro aliviada. El vigilante, que está dormitando detrás de la recepción, despierta perezosamente y me observa aletargado. Le toma unos segundos reconocerme. Veo su boca moviéndose. Sé que me está diciendo algo, pero a mis oídos solo llega un zumbido agudo. Sigo de frente. Estoy a punto de pulsar el botón para solicitar el ascensor cuando recuerdo que mi bolso se quedó en el taxi y que dentro de él llevaba las llaves del apartamento. Cuando giro para regresar con el vigilante y pedirle ayuda, lo primero que veo es al hombre tratando de afianzar la puerta para contener a la enana y al taxista que la empujan violentamente buscando introducirse al inmueble. El jaloneo hace que se produzca un estallido. Una lluvia de vidrios cae sobre el velador que se desploma, ensangrentado, sobre el piso de mármol. El par de miserables avanzan despacio hacia mí. La enana con el rostro desfigurado y tuerto ríe como poseída mientras sacude la navaja de lado a lado. No tengo escapatoria, mi mente y mi cuerpo se rinden. Sé que voy a morir.

¡Pum! Un estruendo estremece el espacio donde estamos. El viejo cae abatido. En su espalda hay un agujero enorme como de bala. La enana se detiene y me mira fijamente con odio. Se abalanza sobre mí, cierro los ojos y solo siento la navaja introducirse en mi piel. De pronto otra explosión. ¡Pum! Después silencio absoluto.

Abro los ojos. La cabeza me da vueltas y, aunque veo borroso, alcanzo a mirar, en el techo, mi farolito chino. ¡Qué alivio, estoy acostada en mi cama! Todo ha sido una pesadilla infernal. Mentalmente juro que no vuelvo a cenar pozole verde con sardinas. Me levanto para ir al baño y al bajar los pies de la cama estos topan con un fardo. Pienso que quizá tiré una almohada. Me inclino un poco para recogerla. Toco de pronto lo que parece ser un torso. La enana de mi sueño está tirada a un lado de mi cama con el cuerpo repleto de heridas punzantes. Siento un golpazo de adrenalina cuando reparo en su rostro. La navaja con la que me amenazaba está clavada en medio de su frente, los ojos son solo cuencas vacías. En la luna del tocador veo mi reflejo. Hilos gruesos de sangre coagulada se entretejen en un macabro patrón desde los codos hasta llegar a mis manos. Detonaciones se escuchan cerca del ventanal y recuerdo que hoy es la celebración de Santiago Apóstol. Mi cara esta retorcida en un rictus delirante. Me tiro del cabello y grito ¡Pinches fiestas religiosas, como me cagan!

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Joaquín Antonio Rodríguez Rojas. 1971, Ciudad de México. Ingeniero en telecomunicaciones. Lector ávido y aspirante a escritor. El cuento y la novela negra son sus géneros preferidos. Amante del blues y el jazz.

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