Malgré tout | Matilde Montoya

El sueño de muchas niñas es ser doctoras cuando sean grandes. Del metro Copilco salen muchas jóvenes vistiendo la bata blanca que distingue a los estudiantes de la Facultad de Medicina de la UNAM; van sonrientes, desveladas, de prisa, con calma, cansadas, animadas. Van. Sin embargo, esta situación que hoy nos parece normal, tanto que ni siquiera pensamos en que no siempre fue así, en el México decimonónico era un escándalo, pues las mujeres tenían que dedicarse en cuerpo y alma al hogar. La puerta no era una opción; la ventana, apenas un aliciente. 

En veintiún siglos, la vida ha sido más complicada para las mujeres que para los hombres. El sólo hecho de ser mujer ya es un factor adverso en sociedades conservadoras y ortodoxas. Los hombres han pretendido ser los dueños del conocimiento y el saber, haciendo a las mujeres a un lado u omitiéndolas por completo. Como todo, la medicina era considerada una profesión masculina porque se necesitaba de un temperamento fuerte que soportara ver sangre y órganos, además de cuerpos desnudos, cosa que por supuesto no era apta para señoritas decentes. 

Desafiando la tradición

Matilde Petra Montoya Lafragua nació en la Ciudad de México el 14 de marzo de 1859 y murió el 26 de enero de 1939 en la misma ciudad; segunda hija del matrimonio del militar José María Montoya y Soledad Lafragua, que sin embargo creció como hija única debido a la muerte de su hermana mayor. Matilde recibió una esmerada y típica educación en su casa, aunque por su gran inteligencia y dedicación terminó a los doce años de edad; quiso iniciar su trayectoria profesional desde entonces, como profesora de enseñanza elemental, pero por su edad no pudo presentar el examen que la acreditara y la misma causa también le impedía iniciar la educación superior.

Fue su madre quien la ayudó a realizar sus primeros estudios y fue ella quien también la animó a continuar con su preparación académica, orientada hacia la medicina, específicamente ginecología y obstetricia. La muerte de su padre significó el primer gran obstáculo para Matilde, pues el suceso afectó la economía familiar. Pese a todo, Matilde continuó sus estudios en las ciudades de Cuernavaca, Puebla y la Ciudad de México, en cada institución vivió la misma situación misógina -que los hombres obviamente negaban y más bien achacaban al pensamiento liberal de Montoya y a sus creencias (masonería)- hasta que finalmente, por intervención del presidente Porfirio Díaz, quien además asistió a su examen profesional y le entregó de propia mano el título de Médico Cirujano Partero, le fue otorgada la autorización para realizar sus estudios profesionales, además de ayudas económicas gubernamentales para su manutención. Al insólito acto académico asistió la élite porfiriana, sin embargo, no fue parte de las noticias de los diarios pese al destacado desempeño de Matilde y su extraordinaria defensa de la tesis Técnicas de laboratorio en algunas investigaciones clínicas (Escuela Nacional de Medicina1887).

Matilde Montoya fue la primera mujer mexicana en convertirse en médico; por encomienda del gobernador de Oaxaca, general Terán, participó en la recolección de pus vacuno para la elaboración de vacunas contra la viruela; fue miembro de asociaciones de apoyo social enfocadas al bienestar de los obreros y sus familias y gente sin recursos económicos. Otro de sus grandes logros fue quitarle la semántica negativa y despectiva al término partera. Por estas razones, la doctora Montoya es considerada pionera del feminismo y un hito en la historia de la medicina mexicana.

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