Taller de cuento | Lo siento: Frank, por Carlos Omar De la Cruz Moreno

Las luces de neón y una birra me acogen esta noche. Soy Frank, el extranjero que, noche tras noche, se sube al pequeño escenario de un club que se ha convertido en su hogar y abraza el cuerpo de madera de su Rickenbacker a la vez que acaricia sus cuerdas; así doy salida a mi pasión. Cuando estoy acá arriba, permanezco la mayor parte del tiempo con los ojos cerrados, sumergido en un viaje enervante que disfruto intensamente. Los abro de cuando en cuando, recorriendo el lugar, en fugaces vistazos a los rostros que ahí convergen, muchos de ellos asiduos al lugar que, al parecer, han llegado a tomarle gustillo a mi música; otros, desconocidos, fluctuantes clientes que suelen permanecer distantes, concentrados más en conversar y apurar la bebida en sus manos, indiferentes a mi presencia. A mí me da igual, lo que hago, es para mí, es aquí el único sitio en que me siento seguro.

Hoy, casi al final, descubro frente a mí a una chica. Está parada al pie del escenario; sus ojos y su melena corta, tan negros, contrastan con su rostro, bañado con una blanca palidez. Es muy joven y, aunque no la conozco de nada, ella no aparta la mirada de mí. Y no sé si es por efecto de las luces o qué, pero encuentro en ella un aire extraño. Eso me atrae, pero también me provoca un estremecimiento.

Por un momento me quedo en blanco, hasta que el solo del baterista me hace reaccionar y, retomando el control, continúo hasta llegar al final del bolo. Como siempre, me refugio en la barra y, mientras firmo discos para algunos amigos, siento una fuerte mirada, giro mi cabeza para encontrarme de nuevo con esa chica, quien justo en ese momento se da la vuelta y se marcha. En un arrebato la sigo y la alcanzo poco antes de las escaleras. Toco su hombro y ella se detiene, su mirada es inquieta. Intento sonreír y pongo entre nosotros uno de mis discos; ella lo toma, lo guarda y, ante mi sorpresa, me besa.

Estupefacto, observo cómo, sin decir una palabra, sale corriendo del bar. ¿Quién es? Toco mis labios en un absurdo intento de atrapar su esencia, como si aquel fugaz roce con su boca pudiera ayudarme a entender. Estoy muy lejos de ser un famoso cantante como para tener fans, así que no es por ahí y mucho menos soy un tipo guapo. A mis treinta y dos años, las arrugas se abren paso en mi rostro, soy miope y llevo unas enormes gafas, visto de negro y mis botas de astronauta, tan gastadas… ¡Caray!

Al llegar a casa, aunque lo intento, no consigo dormir. Reconozco que es algo habitual desde que vivo aquí y aunque cierro las cortinas no cambia nada. He llegado a acostumbrarme al olor, que al principio atribuí al encierro, pero nunca se quita, igual que todo lo demás que es parte de este lugar. Tía Pasa nunca me contó nada; la muerte se la llevó con su secreto. Pero esta noche, al menos el desvelo es más agradable, pensando en un rostro… La imagen de esa chica no se aparta de mí. Una sensación de placer me inunda hasta que, finalmente, me pierdo en las fauces del inconsciente.

Despierto, las fuertes palpitaciones sacuden mi tórax y mi cabeza punza ante el intenso fluir de la sangre. No necesito mirarme al espejo para saber que las venas de mis sienes están saltadas. Esto es lo normal, al menos eso asumo tras los innumerables estudios y médicos que me han revisado ya sin encontrar una razón.

Es cerca del mediodía, así que me acerco al bar Melo´s para comer. Luego, deambulo por las calles hasta cercano el anochecer. Mi vida en Madrid es simple, tengo los suficientes conciertos para vivir cómodo, ensayo dos días a la semana y, sin más ataduras, dedico todo mi tiempo a caminar, leer, escuchar música y beber café, eventualmente acompañado de algunos amigos.

A las 11 pm me encuentro en uno de los reservados del Golden, es muy temprano, tengo bolo, pero aún falta un par de horas, así que puedo relajarme un rato. A la 1 en punto subo al escenario y, para mi sorpresa, ella está de nuevo ahí. Esta vez luce distinta, sus labios purpuras le dan un aire espectral, aunque no logra ocultar ese halo tan raro. No puedo evitar mirarla constantemente; es muy hermosa, pero sus ojos delatan una profunda tristeza, ¿estaba así desde ayer? El concierto transcurre, pero yo estoy disperso, incluso pareciera que no fui yo quien se despidiera con aquel “mushas gracias”. Al bajar del escenario, Ramón, el dueño del local tira de mí hasta la barra. Él hablaba, contándome no sé qué historias, pero yo no me entero.

—Hola.

Al escuchar el saludo, giro mi cabeza y, estupefacto, veo frente a mí a la chica, quien saca los pedazos del CD que le regalé.

—¿No te ha gustado? Y encima de que lo rompes, ¿me lo vienes a tirar en las patas o qué? —digo sin pensar.

—¡Jo, tío! No lo he hecho a posta, quería que me lo firmaras, pero se ha roto, así que no he podido escucharlo.

—¡Ajá! —digo con tono sarcástico.

—No sé si me gusta, pero lo que tocas aquí está muy bien.

Río, como suelo hacer siempre que estoy nervioso y no me puedo controlar. Ella, con evidente enfado, se retira. ¡Que estúpido soy! ¿Cómo se me ocurrió decir algo así? Agarro uno de mis discos y escribo apresurado un “para ti” como burda dedicatoria, corro tras de ella e igual que la noche anterior, la alcanzo antes de las escaleras. Una vez más pongo el disco en sus manos; ella, sin mirarme a los ojos, lo toma y se marcha. Me siento terriblemente abatido. ¿Y qué esperabas, idiota? ¿Que te besara otra vez? Verla esta noche ha sido una oportunidad desperdiciada y ahora me quedo lamentando mi estupidez.

Pregunto por ella a los camareros, pero no sé su nombre ni nada y tal parece que nadie sabe quién es. Apesadumbrado, recojo mis cosas y regreso a casa. Aunque no la conozco, sé que he perdido algo valioso y la angustia me carcome sin piedad. El amanecer parece que no quiere llegar y, en mi habitación, tras la cortina, puedo percibir algo; cada vez es más frecuente e intenso, aunque yo finjo que no pasa nada.

Los días siguientes han sido complicados, pero el tiempo apacigua siempre las tormentas y para el fin de semana me siento bien. El escenario luce una turbia iluminación y yo disfruto cada acorde, vibrando al compás. Abro mis ojos en el interludio y la descubro ahí, esta vez algo retirada del escenario. No paro de observarla durante todo el concierto, que me resulta eterno; al terminar voy directo a ella.

—Hola. ¿Te ha gustado mi disco?

—¡Si! Es una pasada… —Aunque su voz delata emoción, sigue evitando el mirarme a los ojos—, pero me gustas más en directo.

A partir de ahí, Rebeca y yo comenzamos a vernos casi a diario, excepto por los días de ensayo y los jueves por la noche; estoy tentando a hablarle de ello, pero hasta hoy no he conseguido hacerlo y, cuando ella me cuestiona, la evado.

Una cosa da paso a otra e, inevitablemente, vamos a mi piso, al que nunca he permitido la entrada a nadie. Le muestro mi antiguo álbum fotográfico, con los pocos recuerdos de mi pasado en México y, afortunadamente, se conforma con lo que yo le quiero contar, sin preguntarme nada más. Todo va bien, aunque puedo notar en su rostro cierto desagrado y con razón, el olor hoy es muy intenso; además, pese a las gruesas cortinas, un sutil fulgor se alcanza a notar desde la terraza, ignoro si de esto se da cuenta, pero en más de una ocasión la sorprendo observando.

De ella poco sé… que se lleva fatal con sus padres y que desde pequeña anhelaba ser mayor de edad para trabajar y marcharse de casa, encontrándose ahora con la edad propia y sin dinero para concretar sus planes. Está resignada con su trabajo de camarera en el Golden y, aunque lo intenta, es evidente que no es feliz. No me cuenta lo que pasa y no insisto, los secretos son para guardarse con celo y, al fin, yo también tengo los míos.

Hoy, al terminar el ensayo, en mi móvil me encuentro una llamada perdida de ella, fue a las 8.10 am ¡De eso hace más de seis horas! Le marco y me manda al buzón, una, dos, tres veces y es hasta el cuarto intento que por fin lo coge.

—Hola, Rebeca.

Ella no me responde.

—¡Rebeca! ¿Qué pasa?

Silencio.

—¡Habla, carajo! que me estas poniendo de los pelos ¿Dónde estás?

—El estanque —balbucea y corta la llamada.

Está lloviendo y el frio es terrible, no puedo imaginar qué hace en El Retiro. He tardado cerca de 40 minutos en llegar desde el local. Me acerco a las escalinatas del estanque y puedo verla, luce tan pequeña y frágil… Me siento a su lado y quiero abrazarla, pero no me atrevo.

—Oye, disculpa por no contestar tu llamada.

—¿Cuál llamada? Si has sido tu quien me marcó.

—No, no, al terminar de ensayar vi una llamada perdida tuya.

—¡No fastidies! Ayer fue la última vez que yo te llamé. ¿Qué me estas contando?

Al notar su desconcierto, le muestro la pantalla de mi móvil, donde aparece el registro. Me lo arrebata, revisándolo una y otra vez. Permanece largo rato en silencio, con gesto sombrío, mirando hacia el agua; luego, como si hablara a la nada, comienza a hablar.

—Frank, escucha, que necesito pedirte un favor…

—Dime.

—¿Puedo quedarme un tiempo contigo? ¡Por favor! Que ya no quiero volver a casa.

—¿Qué? ¿Tú? ¿A vivir conmigo? ¡No! ¡Definitivamente no! —respondo, fríamente—. Lo siento, pero no.

La veo alejarse, mientras yo contengo el deseo de correr tras de ella y decirle que sí, que puede quedarse conmigo… pero no, tan solo de pensarlo me horrorizo. Ella no merece un destino así.

De vuelta a casa, lo tengo decidido. Abro las cortinas y mi habitación se tiñe con el color verde manzana que cubre totalmente el ventanal de la terraza. Comienzo a retirar la cinta que sella cada resquicio, luego abro la puerta y todo comienza, lenta pero inexorablemente. Me tiendo en mi cama y espero. No puedo evitar pensar en ella y añorar aquello que pudo ser.

El olor es tan intenso como el primer día y rápidamente inunda mis pulmones, que ya no inhalan oxígeno. No, aquello es algo desconocido que prepara mi cuerpo para la transición. La masa gelatinosa ya está casi al ras de mi cama y me estremezco; ya no hay marcha atrás. Cierro los ojos y no pasa mucho tiempo cuando puedo sentir su contacto con mi piel, no es asqueroso como lo imaginaba; pero es tan frio como el hielo y conforme avanza, me sumerjo en un profundo estupor, hasta que la nada se adueña de mi ser.

Floto; y siento que soy arrastrado en un rabioso caudal, aunque nada se mueve a mi alrededor. Sigo en mi habitación; no puedo dimensionar el tiempo que ha pasado y supongo que así estaré por siempre. ¿Estoy dormido? No lo sé.

Abro mis ojos y a lo lejos se ven algunas personas, la masa que me envuelve se expande hacia ellos. Entonces, en lo que creo es una alucinación, la veo venir, Rebeca corre y sin frenar se lanza… ha cruzado la frontera.

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