Cuento | Un juego, por Eduardo Robles Gómez

El hijo de la chingada no hablaba, neta. Era cagadísimo. Hacía ruidos de animales, como de gato, un pedo así, ¿te acuerdas? Sí estaba como tonto, la verdad. Tenía retraso el wey. Te le acercabas tantito y empezaba a morder y gruñir. Pinche loco. Oye, ¿y cuando le preguntaban algo los maestros? Parecía que iba…